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Discurso de Víctor García de la Concha en la toma de posesión como director del Cervantes

 

1 de febrero de 2012

Deben ser mis primeras palabras de gratitud al Gobierno de España por la confianza que en mí ha depositado al encomendarme la dirección del Instituto Cervantes.

Se acaban de cumplir veinte años de su ley fundacional. Veinte años en los que, al tiempo que sus equipos centrales peregrinaban por diversos lugares - Ministerio de Asuntos Exteriores, Alcalá, Palacio de la Trinidad y, al fin, esta hermosa sede- se iba extendiendo el Cervantes por el universo mundo hasta contar hoy con setenta y siete centros en cuarenta y cuatro países, a los que se suman un centenar y medio de centros asociados y las aulas virtuales que multiplican su difusión.

Recuerdo que, a poco de emprender su andadura, invitó la Real Academia a su primer director, Nicolás Sánchez Albornoz, a explicar ante el Pleno académico los objetivos y propósitos de la nueva Institución. La excepcional invitación –solo el Rey tradicionalmente tiene acceso a la Sala de plenos- evidenciaba el interés con que la Academia acogía la iniciativa. Con el ingenio que le caracterizaba Fernando Lázaro Carreter resumió al final: “está claro, los Académicos somos los padres conciliares y el Cervantes formará y enviará a todo el mundo misioneros que enseñarán el evangelio del español”. Desde entonces la Real Academia y el Instituto Cervantes han colaborado activamente en múltiples iniciativas. Durante los mandatos del Marqués de Tamarón y de Fernando Rodríguez Lafuente preparamos la primera obra panhispánica, el Diccionario de dudas. Y, posteriormente, en los mandatos de Jon Juaristi, de César Antonio Molina y de Carmen Caffarel organizamos conjuntamente los Congresos internacionales de la Lengua de Valladolid, Rosario (Argentina), Cartagena de Indias y el frustrado de Valparaíso donde compartimos fraternalmente el peligro del terremoto y del maremoto. Todo por la lengua.

Ahora el Gobierno de España llama a un miembro de la Real Academia – y de la Asociación de Academias de la Lengua Española- a pilotar esta Institución llamada a ser el buque insignia de la cultura en lengua española en el mundo. Ayer he podido saludar personalmente a gran parte de cuantos aquí trabajan y de inmediato completaré mi contacto con los que lo hacen en Alcalá y con todos los setenta y siete centros. En ellos, y en todos los directores que se han sucedido hasta Carmen Caffarel - que en pocas horas me ha explicado de modo magistral la historia reciente y situación actual del Instituto- quiero reconocer la magnitud del trabajo realizado con entusiasmo y que ha situado la marca “Cervantes” a la altura de las que para el alemán supone el Goethe Institut o para el francés la Alliance Française.

Fernando Lázaro hablaba de `misioneros ´. Quizás fuera más acorde y exacto hablar de quijotes. Cervantes murió con el sueño no logrado de ir a las Indias, pero el Quijote llegó pronto a América, en un viaje de locos, entre los libros de los conquistadores, para convertirse allí en el verdadero evangelio de la Lengua de España que allí se haría americana y universal. Muy pronto el Inca Garcilaso saludaba a indios, mestizos y criollos en esa lengua que aquí había sido de judíos, moros y cristianos y que allí se hacía de negros, mestizos, paganos, heterodoxos y bastardos.

El artículo tercero de la Ley fija los objetivos del Cervantes y señala dos primordiales: “promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español y fomentar cuantas medidas y acciones contribuyan a la difusión y mejora de la calidad de estas actividades”, así como contribuir a la difusión de la cultura en el exterior en coordinación con los demás órganos competentes de la Administración del Estado. Y de inmediato añade: “En sus actividades, el instituto Cervantes atenderá fundamentalmente al patrimonio lingüístico y cultural que es común a los países y pueblos de la comunidad hispanohablante”. Sobre la base de lo mucho conseguido en los veinte años de historia, el Gobierno de España quiere ahora potenciar esa atención a la Comunidad de hispanohablantes, y, en particular, a América. Aquí está hoy junto a mis compañeros de la RAE, cuya compañía agradezco muy sinceramente, un miembro de la Academia paraguaya de la Lengua española, nuestro correspondiente el P. Barteméu Meliá, que vivió gran parte de su vida, como un quijote cristiano y libre, en la selva con tribus desconocidas hecho un indígena más y que fundió con nuestra lengua lenguas extrañas de la familia guaraní. Es todo un símbolo.

Hemos de lograr, y estoy seguro de que vamos a lograr, que el Cervantes sea sentido en América como algo propio, simplemente porque lo es. Ya hay bastantes hispanoamericanos que trabajan en el Instituto, pero hemos de ir mucho más allá para formar un frente común que nos permita enriquecer ese gran patrimonio que tenemos la obligación de transmitir enriquecido a las generaciones venideras.

En la tarea de expansión universal hemos de reforzar nuestra acción en los dos grandes polos americanos -los Estados Unidos de América, que es ya el segundo país en número de hispanohablantes, y el Brasil- y en los grandes países emergentes de Extremo Oriente – China, India, Corea, Japón- tan interesados en conectar con la Comunidad Iberoamericana de Naciones que se cimenta en la lengua.

Al mismo tiempo hemos de enfrentarnos a un reto apremiante: la presencia del Cervantes con todas sus líneas de acción en el espacio digital. Estamos ya ahí con en él con las Aulas virtuales Cervantes y los programas de enseñanza a través de los teléfonos móviles. Pero las nuevas tecnologías se suceden con rapidez inusitada y hemos de ampliar las investigaciones de nuevas aplicaciones, así como buscar alianzas con los grandes grupos de comunicación en ese campo.

Estoy seguro de que muchos de vosotros os estáis preguntando interiormente cómo será posible hacer todo esto en un tiempo de limitación de recursos económicos. El Cervantes ha nacido y crecido en austeridad. Algún día, y más pronto que tarde, habremos de replantearnos en serio la imprescindible necesidad de dotar con más medios a la política lingüística y cultural. Pero avanzaremos mucho si nos organizamos mejor, si evitamos duplicidades y buscamos fusiones que produzcan sinergias.

Y, junto a eso, pienso en la sociedad civil, titular primera del patrimonio lingüístico y cultural. Llamaremos a todas las puertas y buscaremos la acción conjunta en España y América.

Puede parecer un sueño. Y lo es. Un sueño cervantino, quijotesco que lleva la marca más auténtica y fecunda de España, la de la España abierta al territorio universal de la Mancha.


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