12 de abril de 2011
Me siento muy honrado al poder comunicarme con el señor Presidente en directo y en español, su lengua materna, que siempre ha servido de vehículo de una tradición cultural ya de por sí esplendorosa y luego vivificativamente enriquecida y ramificada en su ulterior difusión fuera de la frontera original. Esta fortuna me la deparó la implantación de la enseñanza del español en 1953 cuando China se debatía por quebrantar el aislamiento que se le había impuesto desde fuera.. A partir de entonces, el hispanismo, una vez arraigado en esta tierra, no ha dejado de venir creciendo y madurando. Se puede decir que el laudable deseo cervantino de impartir clases de español en China se ha hecho realidad con creces, ya que no es una sola escuela donde funciona un departamento de filología hispánica, sino decenas de universidades y centros docentes de diversa índole. De ahí la presencia de un contingente cada día más nutrido de hispanistas.
Los esfuerzos de este grupo de hombres y mujeres han contribuido, en gran medida, a acercar China y España, y simultáneamente China y América Hispanohablante. La aproximación de estas comunidades culturales tan dispares ha demostrado una verdad irrefutable: la diferencia puede no ser la causa de conflictos, sino más bien el acicate que atiza la curiosidad por conocer lo novedoso. Si todos nos dejáramos picar por la sana curiosidad, ya no estaríamos muy lejos del “Mundo de Gran Armonía” con que soñaban los antiguos sabios chinos. Sería una gigantesca morada de caballeros ,que según Confucio, son diferentes todos, pero saben convivir armoniosamente.
Pues bien, ustedes podrán haberse enterado de que don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea del Toboso ya llevan tiempo hablando en chino. Mientras tanto, en el otro extremo del macizo euroasiático algo parejo vienen haciendo Confucio, Laotsé, Li Bai, Du Fu, y muchos otros chinos antiguos y modernos, pero en sentido inverso, lo que patentiza las loables labores de nuestros homólogos, es decir, sinólogos españoles. Vean ustedes, ¿acaso suena quimérico el vaticinio de un antiguo poeta chino cuando afirma: “a lo ancho de los cuatro mares encontraremos hermanos y tendremos vecinos hasta en el confín del cielo”.
Para finalizar, permítame, señor Presidente, expresarle mi sincero deseo de que su visita a mi país sea todo un éxito y de que disfrute usted de una estancia agradable y fructífera.