Madrid, jueves, 11 de octubre de 2007
Majestad, señoras y señores miembros del Patronato, señoras y señores, amigos y amigas,
Permítanme que dé comienzo a mi intervención felicitando a la nueva directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel. Felicidades y gracias, querida Carmen, por haber aceptado dirigir la que, sin duda, se ha convertido en una de las instituciones más comprometidas en hacer del español un lugar de encuentro y de diálogo, capaz de albergar la unidad en la diversidad, como rezaba el lema del pasado Congreso de la Lengua, celebrado en Colombia, coincidiendo con el 80 cumpleaños de Gabriel García Márquez, el 25 aniversario de la concesión del Premio Nobel y el 40 de la publicación de ‘Cien años de soledad’; un hito vinculado al español que se convirtió luego en un hito de la cultura universal.
El Cervantes nació precisamente para que estos hitos en espacios esenciales sean más frecuentes. Quiero decir que el español quiere ser un espejo de lo mejor y el Cervantes ayuda a que ese espejo sea lo más nítido posible. Por eso me parece todo un símbolo que, en el último patronato de una legislatura tan fructífera para el Instituto, por primera vez en la historia esta institución vaya a ser dirigida por una mujer, lo que supone un paso ejemplar más en la lucha hacia esa igualdad entre los hombres y las mujeres, que constituye una de las señas de identidad de la sociedad española.
Recuerdo esos versos de Juan Gelman en los que el poeta argentino dice que “el que no anduvo su pasado, no lo cavó, no lo comió, no sabe el misterio que va a venir”. El pasado al que quiero referirme ahora es un pasado muy próximo: los años de esta Legislatura que hoy cerramos y que pueden calificarse de históricos para el Instituto Cervantes.
Hacer balance de estos años es situarnos en ese presente desde el que será posible ver el porvenir y eso significa señalar algunos datos que aportaba, en el Patronato del año pasado, en el que estrenábamos sede del Instituto en Madrid, el entonces Director y hoy Ministro de Cultura, César Antonio Molina.
En esta Legislatura el Cervantes va a presentar un balance envidiable: se han abierto veinticinco nuevos centros extendidos por todo el mundo, frente a los cuatro que se abrieron en la anterior Legislatura. Es un orgullo para todos poder decir que tan sólo quince años después de su creación el Instituto Cervantes está presente en 70 ciudades de 41 países, y que más de ciento cincuenta mil personas, procedentes de geografías y estratos sociales muy distintos, han encontrado sus aulas abiertas para hacer realidad su deseo de estudiar español.
Son cifras espectaculares, sí; pero detrás de cada una de esas personas late el alma entera del español y detrás de cada alumno del Cervantes está la fascinación por nuestra lengua y la cultura que crea. Y también hay un diálogo con cada uno de los lugares en los que el Instituto Cervantes instala sus embajadas de lengua y cultura.
El Cervantes es un puente y la utilidad de un puente está en permitir la ida, pero también la vuelta. De ahí la importancia de algunas de las inauguraciones que se han llevado a cabo en esta Legislatura y que han consolidado los objetivos esenciales del Instituto: extender el español, aprovechando la fuerza de nuestra lengua, para llevar a cabo lo que los expertos llaman “diplomacia cultural”.
¿Qué es la diplomacia cultural y por qué resulta tan importante en nuestros días? Se trata de reconocer y valorar el papel señero e insustituible de la cultura a la hora de acercar el conocimiento del otro. Así, por ejemplo, con los centros de Europa más recientemente abiertos, como los de Reykiavik, Palermo, Sofía, y los que ya están en funcionamiento, como Cracovia y Hamburgo, el Cervantes refuerza su presencia en nuestro continente y contribuye a hacer del español una lengua esencial en la construcción de Europa.
Sintámonos orgullosos de que los cimientos de Europa puedan ser aquellos ideales de Igualdad, Fraternidad y Libertad, y de que, por lo tanto, Europa hoy, como ha sucedido a lo largo de la Historia, no pueda prescindir de los valores que aporta la lengua española, ese puente que ha acercado ciudadanos, países y continentes, y que tendrá que verse aumentado el próximo año con la celebración europea del Año del Diálogo Intercultural, para el que España ya ha creado una Comisión Nacional.
El español es el verdadero puente entre Europa y América; por supuesto, con Iberoamérica, que ha hecho del español una de sus más poderosas señas de identidad y de unión entre las distintas naciones; pero, además, ahora el español hablado por cerca de quinientos millones de personas es también un medio privilegiado para entendernos con América del Norte.
Así, el Cervantes ha reafirmado su importante papel en Estados Unidos, donde ya estaba presente en Alburquerque, Chicago y Nueva York, con la apertura de un aula en Seattle, y ha abierto sus puertas por primera vez en un país con una cultura tan rica como Canadá, con su nueva sede en Calgary.
Especial atención merece la presencia del Instituto en Brasil, donde se ha hecho un gran esfuerzo para corresponder al generoso compromiso de este país con el español, cuya enseñanza va a ser obligatoria en la escuela secundaria. En el mes de julio se inauguraron cuatro centros y, próximamente, se abrirá un quinto, despliegue que asegura la formación de los miles de profesores que serán los heraldos de nuestra lengua en el país brasileño, uno de los motores del continente, de esa Iberoamérica cuya referencia es siempre ineludible cuando hablamos del español de nuestro tiempo, y que sigue teniendo un protagonismo creciente en este Instituto.
También en el Mediterráneo, un ámbito esencial en este siglo XXI que, como la propia lengua española, tiene necesidad de paz y concordia, el Cervantes ha extendido su carácter de embajador del diálogo entre culturas y civilizaciones, abriendo un sexto centro en Marruecos, concretamente en la ciudad de Marrakech.
La mejor manera de que ese diálogo entre culturas y civilizaciones fructifique es acabar con los tópicos que impiden profundizar en nuestras ideas y sentimientos.
Por eso es tan importante la expansión que el Cervantes está llevando a cabo en estos últimos meses en Asia. Queremos que el español esté presente en ese laboratorio del futuro en que se ha convertido el continente asiático, uno de los espacios más dinámicos del mundo, no sólo desde el punto de vista económico y financiero, sino también en el cultural y creativo, y queremos que se sepa que la cultura en español está tomando posiciones en la vanguardia cultural y social de nuestro tiempo, allí donde nacen nuevos modos de enfrentarse a los retos que compartimos todas las sociedades.
Con sus nuevas sedes en Tokio, Pekín y Delhi, el Cervantes estará presente en países con tres de las culturas más destacadas, profundas y solemnes del mundo, sin las cuales no puede entenderse la historia de la Humanidad, y estará aportando nuestro legado y recibiendo las lecciones de ese milenario patrimonio histórico y cultural, para nuestro mutuo enriquecimiento.
Así, de la mano del Instituto, el español está escribiendo la historia del futuro, con la convicción de que compartir la riqueza y aprender de ella es el mejor antídoto contra el fanatismo y la desesperanza.
Hablábamos antes de los sueños que alumbran este siglo XXI, sueños que tenemos que perseguir utilizando todas las tecnologías que tenemos a nuestro alcance.
Por eso, como recordaba la directora, Carmen Caffarel, en una entrevista reciente, el Cervantes va a incrementar su oferta lingüística a través de su televisión por internet, y a través de todos los medios que la sociedad de la información y el conocimiento propicia, allí donde no se puede llegar físicamente.
Las tecnologías de la información son, además, un elemento esencial de democratización y de extensión de las actividades del Cervantes: allí donde haya un terminal de información, cualquier persona en cualquier parte del mundo podrá acceder a las actividades generadas por el Instituto.
2007 está celebrando el centenario de la llegada de Antonio Machado a Soria. El profesor y el poeta se unen, reflexionando en español, cuando dice que nuestra lengua, como nuestra tierra o nuestra alma, es algo inagotable, que no acabamos nunca de conocer.
El Cervantes ha extendido notablemente el conocimiento de nuestro idioma y de la mano de miles de profesores y creadores lo ha hecho cada vez más grande. La actitud altruista de quien dedica su vida a la educación tuvo su reflejo ejemplar en la actitud de Machado como ciudadano democratizador. En cierto modo, Machado hizo con la gran cultura lo que el Instituto Cervantes está haciendo en la actualidad: romper barreras, derribar tópicos.
La lengua es una frontera: hay personas que tienen que abandonar su lengua y otras que viven diariamente en una lengua diferente a la que sienten como propia. Pero el Instituto Cervantes trabaja para que nadie se sienta extranjero en el gran territorio de la lengua española y para que sea una frontera que no separe, sino que una: frontera de una geografía que acoge, que trabaja por la dignidad. Y sin duda el español, como lo demuestran su historia, su cultura y, sobre todo, su presente, tiene vocación de frontera-puente, de lugar de encuentro donde aprender a compartir, donde aprender a construir, porque su territorio es el de la unidad en la diversidad y porque los hombres y las mujeres que lo habitan, viven y sueñan en una multiplicidad de culturas que, sin embargo, pueden compartirse en este espacio común que es el español.
El Instituto Cervantes demuestra una vez más, con su intensa actividad, que el territorio del español se extiende más allá de su propia lengua y, por supuesto, ese territorio también incluye el acto creador por excelencia, el pensamiento. Por eso quiero recordar que se está celebrando en estos días, con la colaboración activa del Instituto Cervantes, la quincena “Pensar en español”, incluida dentro del Año de la Ciencia y que sirve de pórtico a un proyecto futuro, que ya se está trabajando y que recoge las líneas de acción de varios Ministerios del Gobierno. Es un proyecto para que “pensar en español” sea hacer de nuestra lengua un idioma capaz de competir en la modernidad más extrema: nuevas tecnologías, investigación científica de vanguardia; en definitiva, progreso que sea extensible a todos los ciudadanos.
El español ha sido siempre una lengua de vanguardia para la creación, pero ahora queremos que lo sea también para el pensamiento, que ese reflexionar en español se traduzca en nuevos caminos, porque, sobre todo, esa modernidad extrema a la que me refería es una manera nueva de entender el pensamiento y las relaciones sociales, una manera en la que son tan esenciales las actitudes como los contenidos, en la que la solidaridad y la cooperación son las herramientas que nos servirán para que nuestras sociedades den ese salto hacia el futuro de la mano del español.