Xavier Ferré Czesław Miłosz y Juan Ramón Jiménez. La raíz de la palabra poética

Diferentes son los caminos para poder llegar a alcanzar la revelación de la palabra a través de la cual uno siempre se descubre diferente sin dejar de ser el mismo, allí donde la transformación llevada a cabo se presenta ante nosotros como un espejo que descubre una imagen parecida y a la vez extraña. Diferentes son los caminos de la poesía. Como diferentes son los caminos de los autores que intentan alcanzarla y se encuentran, en muchas ocasiones, que han de hacer frente a los elementos externos que determinan la evolución de su quehacer poético. Entre estos elementos externos, el exilio es uno de los más terribles en el siglo XX. Nunca antes había tenido este destino una magnitud tan grande. Nunca había llegado a marcar a pueblos enteros, a millones de personas que se vieron obligadas a abandonar un lugar que consideraban propio, un lugar en el que se veían reflejadas, un lugar que era el origen y el sentido de una existencia. ¿Existen las palabras que puedan dar un mínimo de sentido a toda esta experiencia?

El poeta no se ha visto apartado de este mismo destino. Un destino que adquiere tintes de un horror extraño, de una experiencia de desarraigo que se multiplica, se convierte en una potenciación. El territorio del poeta es la lengua, los conceptos geográficos sólo cobran significado cuando convergen con el lenguaje. Al verse desterrado de un espacio físico el poeta se ve desterrado en el lenguaje, que deberá volver a modelar para construir de nuevo su propio mundo. A través del lenguaje, de la poesía que acabará atravesando fronteras. Y aquí está quizás la venganza del poeta, si es que alguna venganza es posible cuando han intentado arrancarnos las raíces.
Juan Ramón Jiménez y Czesław Miłosz son dos poetas que han experimentado el exilio y, no obstante, han conseguido transformar la dolorosa vivencia en el lenguaje para seguir arraigando y construyendo y creando un mundo en el que el hombre, la belleza (ambos no exentos de dolor) o el canto a la inmediatez son todavía posibles. Como indica el poeta polaco en uno de sus poemas: «Incluso durmiendo trabajamos en la construcción del mundo. / Sólo de la constancia se consigue la constancia. / Con gestos hice una cuerda invisible, / Me subí a ella, y aguantó.» Esta cuerda puede ser el lenguaje mismo, la raíz más duradera y profunda que tiene el poeta.

Es cierto que ambos autores difieren en su estética, en la concreción del poema, y en el afán que persiguieron a lo largo de toda su obra. En el caso de Juan Ramón Jiménez, como indica otro gran poeta que superó a su vez las fronteras con su lenguaje, José Ángel Valente, «los distintos períodos de la obra de Juan Ramón Jiménez no dibujan una progresión horizontal, sino una especie de progresión circular alrededor de un centro absolutamente inmóvil […] Este centro, absolutamente inmóvil, está constituido por los puntos de vista de J. R. J. sobre la poesía, sobre el poeta, sobre el arte.» Y a pesar de que Czesław Miłosz tiene una progresión horizontal, también se podría afirmar que el elemento circular está presente. En ambos, hay el enfrentamiento de la poesía, del valor de ésta, ante el mundo y la historia que está pasando delante de ellos, muchas veces incomprensible (la segunda guerra mundial en el poeta polaco, la guerra civil en el poeta español). Se niegan a aceptar la condición de ser meros observadores y de ahí que su poesía tenga un valor de resistencia. En Juan Ramón Jiménez hay una fe inquebrantable en la palabra poética, en la evocación, en la belleza. En Czesław Miłosz hay una duda constante, no en la palabra poética, sino en el lugar que ocupa ante la atrocidad y el horror, de ahí que su poesía se alce como un lamento de Job: «Dejad / a los poetas un instante de alegría, / O desaparecerá vuestro mundo.» Y Juan Ramón Jiménez se adentra en un imperioso afán de encontrar esos instantes: «Hermoso es no tener lo que se tiene, nada de lo que es fin para nosotros, es fin, pues que se vuelve contra nosotros, y el verdadero fin nunca se nos vuelve. Aquel chopo de luz me lo decía, en Madrid, contra el aire turquesa del otoño: “Termínate en ti mismo como yo”», canta en Espacio, un poema que desde el exilio refunda la tradición poética española, refunda el lenguaje y proporciona una mirada radicalmente nueva a las distintas realidades (exteriores e interiores) en las que simultáneamente se encuentra el hombre.

Espacio es un texto que rompe fronteras, ya desde el paradójico título porque el espacio es el lenguaje que permite evocar, crear, vivir en unas coordenadas espacio-temporales que están difuminadas, convergen, se separan, estallan en un nuevo territorio donde el pasado y el presente carecen de fundamento, todo es una simultaneidad. Más tarde, en el prólogo a Dios deseado y deseante, afirma que «todo mi avance poético en la poesía era avance hacia dios, porque estaba creando un mundo del cual había de ser el fin un dios. Y comprendí que el fin de mi vocación y de mi vida era esta aludida conciencia mejor bella, es decir jeneral, puesto que para mí todo es o puede ser belleza y poesía, espresión de la belleza». Palabras que también se pueden aplicar a Espacio. Este magno poema, junto a Desde donde el sol sale hasta donde se pone de Czesław Miłosz pertenecen a esa rara estirpe de los poemas fundacionales, los poemas que plantean todo un mundo y cuya lectura transforma al espectador (porque aquí se asiste y se experimenta más que simplemente se lee) y lo convierte en un compañero de viaje donde el tiempo, el lenguaje (o los lenguajes, puesto que en Czesław Miłosz se encuentran varias lenguas en el mismo poema), los recuerdos, las experiencias forman un conjunto sólido, una raigambre que hace estallar un único origen. Así, la pérdida del territorio, el exilio, se transforma en virtud de un nuevo mundo que penetra en la conciencia y cuestiona cualquier tipo de límite, de encadenamiento. Es un momento en que la palabra del poeta se rebela y se revela. La fe de Juan Ramón Jiménez, en los fragmentos citados, puede contrastar con un fragmento del poema de Czesław Miłosz: «Imposible la vida, pero soportable. / […] Ahora la lengua me engaña / Y no sé cómo llamar la linde cercada de varas / Desde las últimas casas del pueblo hasta el bosque. / (Siempre las palabras han faltado y yo no era realmente poeta, / Si poeta es aquél a quien las palabras producen placer).» La duda del poeta polaco es un ardid de la ironía, presente en toda su producción. Czesław Miłosz quiere alcanzar con ella la temporalidad (aunque los planos temporales estallen una y otra vez en su obra), mientras que Juan Ramón Jiménez, donde la ironía apenas aparece, pretende conseguir la atemporalidad. A pesar de dos objetivos supuestamente diferentes, en ambos poetas hay una raíz común, sólo el lenguaje, la poesía, puede salvar al hombre de la pérdida del lugar.

El lugar físico que perdieron, Polonia y España, tuvo que renacer a la otra orilla del Atlántico, en América. Fue allí donde transformaron ya para siempre la poesía en sus respectivas lenguas. No cabe la menor duda de que la nueva geografía tuvo su influjo en la lengua de los dos autores. Los paisajes de sus propios países se funden con un paisaje diferente, con unas vastedades que dieron aliento a sus poemas. Sin América los dos poetas serían diferentes (incluso a pesar del centro inmóvil en Juan Ramón Jiménez antes apuntado), sin el encuentro con la poesía de Walt Whitman sería difícil concebir la existencia de poemas como Espacio o buena parte de la obra del poeta polaco (el poema Desde donde el sol sale hasta donde se pone, aunque también entronque con Whitman, se alinea más con una concepción de T. S. Eliot). En definitiva, sin el nuevo territorio, que no borró nunca el que habían dejado, seguramente no habrían revolucionado las respectivas tradiciones y no las habrían llevado hasta los límites de lo imaginable. Allí donde el lenguaje es casa y raíz, lumbre y camino.

Czesław Miłosz y Juan Ramón Jiménez son dos poetas que vivieron el exilio, que sufrieron la desconexión con un mundo que parecía ser sólido, fijo, con unas columnas que lo sostenían y que así iba a seguir. Y resultó que debajo de las columnas había un vacío. Se erigieron, de esta manera, como nuevos constructores, y legaron una nueva visión del lenguaje. Un lenguaje donde podemos seguir habitando.

Xavier Ferré

© Instituto Cervantes (España), 1991-2012. Reservados todos los derechos